La tempestad que recorría la ciudad le causaba
insatisfacción; se armócon su propio cuerpo y salió de aquel lugar.
La tranquilidad del bosque era aún más desamparante, a pesar
de que ya no existían guardias que le observaran por su extraño conjunto.
Al borde del lago había un cementerio, se acercó a el y pudo
sentarse a reflexionar; tenía la armonía necesaria para olvidarse de que se
encontraba rodeado de civilización. Su mirada se tono del cielo nublado y
reconfortante a la tumba que se encontraba a sus pies; la piedra de la que
estaba hecha hizo recordarle a su joven Ana, agitado y entrando en ira golpeó
la tumba con fuerza. Esta cayó sin hacer gran estruendo y el permaneció
levantado con el cuerpo tenso; de vez en cuando sus manos se tornaban
temblorosas y con ello sus labios palidecían a imitación de sus nudillos. Una
sonrisa apareció en su rostro como si todo lo anterior no hubiese ocurrido, abrió la parte izquieda de la gabardina y
cogió el craneo del esqueleto entre sus dedos, apenas las yemas de estos
rodeaban a aquella.
Lentamente acercó el craneo a sus labios y lo beso en el
único lugar donde los dedos no lo habían cubierto.
El beso fue frío, transmitida la sensación quizá por la
propia calavera helada; a pesar de ese sentimiento físico, sentimientos e
ideales permanecían fogozos en su mente
del mismo modo que la sangre fluía por sus labios. Por un leve instante deseó
invocar a su esposa en el cuerpo muerto pero el peligro lo retractó. Era otro
ejemplo de cómo la sociedad oprime los sentimientos. Sus ojos cansados se
bordearon paralelamente con la mueca de sus labios que se entristecieron;
salió de aquel lugar y volvió a la
ciudad concurrida.
El dónde dormir carecía de importancia para el, pero al
llegar la noche la necesidad era apremiante, acercandose a una taberna
resignado. Un antro viejo con un tabernero de físico achatado, más bien poseía
las caracteristicas de un tacaño avaro que probablemente escondiese algo ilegal
en su sótano.
La conversación, casual, concurrió fugazmente cual centella
para finalizar consiguiendo una habitación por unas pocas monedas.
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