viernes, 24 de mayo de 2013

Continuación


La tempestad que recorría la ciudad le causaba insatisfacción; se armócon su propio cuerpo y salió de aquel lugar.
La tranquilidad del bosque era aún más desamparante, a pesar de que ya no existían guardias que le observaran por su extraño conjunto.
Al borde del lago había un cementerio, se acercó a el y pudo sentarse a reflexionar; tenía la armonía necesaria para olvidarse de que se encontraba rodeado de civilización. Su mirada se tono del cielo nublado y reconfortante a la tumba que se encontraba a sus pies; la piedra de la que estaba hecha hizo recordarle a su joven Ana, agitado y entrando en ira golpeó la tumba con fuerza. Esta cayó sin hacer gran estruendo y el permaneció levantado con el cuerpo tenso; de vez en cuando sus manos se tornaban temblorosas y con ello sus labios palidecían a imitación de sus nudillos. Una sonrisa apareció en su rostro como si todo lo anterior no hubiese ocurrido,  abrió la parte izquieda de la gabardina y cogió el craneo del esqueleto entre sus dedos, apenas las yemas de estos rodeaban a aquella.
Lentamente acercó el craneo a sus labios y lo beso en el único lugar donde los dedos no lo habían cubierto.

El beso fue frío, transmitida la sensación quizá por la propia calavera helada; a pesar de ese sentimiento físico, sentimientos e ideales permanecían fogozos  en su mente del mismo modo que la sangre fluía por sus labios. Por un leve instante deseó invocar a su esposa en el cuerpo muerto pero el peligro lo retractó. Era otro ejemplo de cómo la sociedad oprime los sentimientos. Sus ojos cansados se bordearon paralelamente con la mueca de sus labios que se entristecieron; salió  de aquel lugar y volvió a la ciudad concurrida.

El dónde dormir carecía de importancia para el, pero al llegar la noche la necesidad era apremiante, acercandose a una taberna resignado. Un antro viejo con un tabernero de físico achatado, más bien poseía las caracteristicas de un tacaño avaro que probablemente escondiese algo ilegal en su sótano.
La conversación, casual, concurrió fugazmente cual centella para finalizar consiguiendo una habitación por unas pocas monedas.

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