Esta historia es usada para un servidor de rol///
Y la sombra vagaba estrepitosa e independientemente respecto
a cualquier cuerpo de creíble forma; pues este cuerpo de aquella sombra no
poseía las características de un ser humano vivaz y fogoso.
De aspecto lúgubre caminaba por la ciudad, parecía que no
poseía fin pero, a la vez, buscaba finalizar su trabajo, aún este vacío.
Su sombra lo acompañaba, aún apartada, de lado a lado cual
muerto andante de cementerio que cae con tumba molesta. Su voz, aparentemente
lenitiva y, a pesar de su aspecto cadavérico, se entornaba una silueta amable
en cuanto hablaba.
Pero con todo ello, su cuerpo desprendía un fino olor a
muerte que no podía apartar, más allá de lo meramente físico, pues llevaba un
esqueleto bajo la gabardina, hasta lo psíquico, pues sus sentimientos, de algún
modo u otro, estaban muertos también.
Intentaba ocultar su defecto tras una gabardina blanca, leve
recuerdo evocador de su antiguo trabajo. Cirujano de guerra era este. Tiempo atrás
su placer era salvar vidas, junto a su compañera. A pesar del desastre de la guerra su fin era
bondadoso.
Pero si la desgracia atormenta al infeliz, en el alegre da
sus primeras acometidas para hacerlo caer al pozo del primero; la muerte de la
única mujer que había amado llego con la ayuda de una espada y la fiereza de un
desertor al empuñarla.
Cuando entro en su casa había solo desgracia rondando por
las paredes, esta se contorneaban dejándose caer por los recovecos de las estanterías colgadas de las paredes
hasta caer por la aún sinuosa figura inerte de su joven esposa. El sentimiento de odio debía de recorrerle
todo el cuerpo pero, en cambio, sólo permaneció de aquella misma manera que
permanecía su esposa; anclado en el suelo poco a poco fue cayendo en los brazos
de la desesperación, sus rodillas se encontraron con la madera que cubría la
base de la casa. Arrastrando estas por el suelo, se aferró al cuerpo de su
amada, la cogió de las muñecas y puso las manos de esta en su propio rostro;
frías permanecían, en aquellas solo latía el coraje del hielo.
La alzó en sus brazos para solo comprobar como los de su
esposa caían distensos hacia el suelo, sin poder llegar a este porque sus
hombros aún los unían a esta. La rubia cabellera de la antes esposa suya imitaron
a las extremidades de esta, y con ello la sangre, aún chorreante por el fino
vestido rosado caía hasta el suelo, llegando a este y secándose unos instantes más
tarde.
La colocó sobre su mesa de trabajo. Colocó sus brazos en la mesa a modo de
pilares dejando al resto de su cuerpo caer, de modo que los hombros eran la
parte más alta de toda su unidad. Durante unos instantes se le olvidó cerrar la
herida y corriendo fue a efectuarlo. Pero al encontrarse con aquella carne que
estaba fría pero a la vez le evocaba a
la perfección que para él era su mujer. Sin atreverse a tocarla intento coserle
la herida. Todo intento era
inevitablemente nulo, ella llevaba demasiado tiempo en las garras de la
muerte. Pero sus sentimientos le hacían
intentar luchar contra la muerte.
Todo intento fue en vano, al final se resintió y sus largos
días fueron más que tortuosos para su mente. Un día, buscando los recuerdos de
su esposa, se encontraba en el sótano y encontró una apertura. Una especie de
cuarto oscuro se mostraba ante él, la habitación era redonda pero con un claro
centro, que no era el mismo que el del círculo, sino en un rincón de este. Allí
un altar con un libro.
La atmosfera de la habitación le hacía alejarse de aquel
libro que desprendía desconfianza. A pesar de ello su mano rozó la tapa de este
y lo comenzó a leer. El libro no era sino de Falcram I, un antiguo alquimista
que no sólo trataba con lo natural sino con lo putrefacto pues era
nigromante.
Escudriñó los secretos de esta y desenterró a su esposa Ana
para comprobar que su bello cuerpo era ahora sólo cimientos del ser humano. La
acarició y beso su huesuda calavera. El besar a un muerto ya no le causaba
miedo sino insatisfacción porque no era respondida su súplica de sentimientos.
Escudriñó los pilares de la nigromancia y a pesar de
conseguir revivir a su amada, nunca pudo darle libertad de decisión para sí. Decidido a vencer a la muerte se dirigió a
Ventormenta a conseguir una cura para su vacío moral.
La llegada a Ventormenta fue de desconfianza para los
guardias, por aquel lugar debía aumentar sus poderes. La muerte debía vencer y el conocimiento como
herramienta debía ser usado para este fin y sin más otro propósito.
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